Imposible decir si las palabras del gran profeta marcaron su futuro. Pero, si bien algunas ciudades tienen destinos trágicos, ninguna puede ser comparada con Jerusalén. Dos veces destruida, cuarenta veces sitiada, incendiada y ocupada, sus habitantes fueron masacrados, crucificados, deportados y vendidos como esclavos. Y cuando reinó la paz, los jerosolimitanos se mataron entre ellos, víctimas de una locura bíblica. Sin embargo, ningún otro lugar en el mundo evoca semejante deseo de posesión exclusiva. Como una amante inalcanzable, Jerusalén tiene una forma única de atraer y desesperar, de enamorar y de atormentar. El contraste entre la ciudad material y la espiritual es tan doloroso que un centenar de pacientes ingresan cada año a los hospitales locales, víctimas del «síndrome de Jerusalén», delirio de anticipación, de decepción y de ilusión.
Fuente: http://www.cciu.org.uy/
