A todos aquellos que se erigen como defensores de la justicia y la moral, ¡La hipocresía internacional! Tan prontos para indignarse cuando es conveniente y tan sospechosamente silenciosos cuando las víctimas no encajan en su narrativa. Yo acuso. Acuso a la comunidad internacional de cinismo desvergonzado, de su amor incondicional por las causas que les permiten verse bien en redes sociales, pero que ignoran con descaro la sangre israelí derramada.

Los acuso de antisemitismo maquillado de “preocupación por los derechos humanos”, de una memoria selectiva y de una cobardía digna de estudio.

Yo acuso a los movimientos feministas, esos que gritan “hermana, yo sí te creo”, pero que parecen quedarse sin voz cuando las víctimas son mujeres judías. ¿Qué pasó con la sororidad? ¿Se extravió en el camino a la coherencia? Las acuso de no decir una sola palabra ante violaciones, secuestros y torturas cometidas contra mujeres israelíes. ¿O es que la indignación viene con filtros ideológicos? Su sororidad termina donde la identidad judía empieza.

Yo acuso a UNICEF, que se desvive por la protección infantil, pero parece olvidar su misión cuando se trata de Kfir y Ariel. ¿Dónde están sus declaraciones conmovedoras ahora? ¿O acaso hay niños con derechos y otros con fecha de expiración?

Yo acuso a la Cruz Roja, esa noble institución que parece haber adoptado una política de atención médica basada en la etnia de las víctimas. A los rehenes israelíes ni los miran, pero si un terrorista pestañea, ahí están a su servicio. Cuando debieron ser mediadores, se convirtieron en socios del terror. Cuando debieron dar servicio a los rehenes, la primera vez que los vieron fue cuando los sacaron en féretros, después de 501 días de abandono.

Y cuando al fin se dignaron a transportar a los liberados, lo hicieron como un servicio de taxi eficiente, entregándolos como si estuvieran en una ceremonia de graduación, con firmas, souvenirs y diplomas incluidos. ¿En qué momento dejaron de ser humanitarios para convertirse en selectivos socios del terror?

Yo acuso a la ONU y a su filial UNRWA de haber convertido a generaciones de palestinos en mártires en potencia, de ser fábricas de odio financiadas con fondos internacionales. Los acuso de perpetuar el sufrimiento y la radicalización, no por justicia, sino para mantener una estructura de poder y financiamiento que se alimenta de la tragedia para llenar sus arcas de corrupción. Se han convertido en los arquitectos de una prisión mental donde el único futuro posible es el martirio.

Pero, sobre todo, los acuso de condenar a los propios palestinos a un destino cruel: morir bajo los escombros de sus propias casas al ser usados como escudos humanos; ser ejecutados sumariamente por Hamás si se atreven a disentir; o pudrirse en cárceles israelíes tras haber sido convertidos en peones de una guerra adoctrinada. Les arrebataron el futuro, la dignidad y la posibilidad de soñar con la paz, sumiéndolos en una espiral de odio que los deja sin escapatoria.

Yo acuso a la cultura woke, esa catedral del absurdo, donde la justicia social parece ser un buffet en el que los judíos nunca están invitados. ¡Los acuso de predicar inclusión mientras justifican el exterminio, de envolverse en la bandera de los derechos humanos mientras la pisotean con total impunidad!

Yo acuso a las universidades del mundo, convertidas en fábricas de odio donde el antisemitismo se enseña disfrazado de activismo. ¡Los acuso de dar cátedra de hipocresía, de fomentar discursos genocidas, de crear espacios donde la verdad tiene prohibida la entrada y de hacer de sus estudiantes analfabetas funcionales, incapaces de cuestionar la narrativa que les imponen!

Yo acuso a Amnistía Internacional, a Human Rights Watch y a todas las ONG que han convertido los derechos humanos en un menú de conveniencia, donde Israel nunca califica para la compasión y la empatía. ¡Los acuso de pervertir la verdad, de condenar a Israel con la facilidad con la que se hacen su café de todas las mañanas, mientras ignoran con cínica elegancia las atrocidades de Hamás! Su silencio selectivo ensordece.

Yo acuso a la Unión Europea, que con su retórica de paz ha alimentado la maquinaria del odio. ¡Los acuso de financiar, directa o indirectamente el terror, de recibir con sonrisas a los enemigos de Israel y de mirar hacia otro lado cuando el antisemitismo quema en sus propias calles!

Yo acuso a los organismos internacionales, que con su doble vara de medir ajustan la justicia a conveniencia. Se apresuran a condenar a Israel, mientras encuentran matices y justificaciones cuando los victimarios son otros. Para algunos, el rigor; para otros, la indulgencia.

Yo acuso a los medios de comunicación, que han abandonado la verdad en favor de la narrativa conveniente. No informan, adoctrinan. No investigan, amplifican el discurso que les dicta su agenda. ¡Los acuso de convertir el periodismo en una herramienta de manipulación, de propagar mentiras con la autoridad de la prensa libre!

Y no olvidemos a los influencers y tiktokers, esos prodigios de la superficialidad que, entre coreografías y retos virales, creen ser analistas políticos.

Su visión del mundo cabe en un video de 60 segundos, con menos sustancia que un eslogan publicitario. Les acuso de hacer del sufrimiento humano una tendencia, de reducir la tragedia a un simple filtro de moda, de transformar la indignación en un simple algoritmo. No buscan la verdad, buscan likes. No denuncian, monetizan. Y en el proceso, convierten la mentira en espectáculo y la ignorancia en viralidad.

¡Yo acuso a los autoproclamados “antisionistas”, que no son más que antisemitas con un disfraz políticamente aceptable! No han desaparecido, solo han cambiado de eslogan. Se envuelven en discursos de derechos humanos, pero su odio sigue siendo el mismo de siempre, reciclado y adaptado a los tiempos modernos. Se envuelven en ropajes más cómodos, se adornan con discursos de justicia mientras destilan el mismo veneno de siempre.

El silencio no es neutral, es complicidad. “Nunca más”, dijimos. “Nunca más”, prometimos. Y, sin embargo, una vez más, aquí estamos. Mirando la misma oscuridad, viendo la misma indiferencia, escuchando los mismos aplausos a la barbarie. Que la historia los juzgue, y que esta vez, el juicio sea definitivo.

Hersh, Shiri, Yarden, Or, Naama, Emily, Kfir, Ariel, Itay, Eden, Eitan, Chaim, Aviva, Yonatan, Almog, Shani, Amit, perdónenos. Les volvimos a fallar. La humanidad entera les volvió a fallar.

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Yo acuso. Carta abierta a la comunidad internacional