En el living de Débora Manassen de Lang se destaca una amplia biblioteca en la que son reconocibles varios libros relacionados con el Holocausto. Justo en un rincón de esa habitación asoma un busto de Ana Frank. «Es un símbolo», explica ella, al notar que la cronista concentra la mirada sobre la imagen sonriente de la escultura. No se conocieron, pero las historias de Débora y de Ana guardan ciertos puntos en común que, de alguna manera, las hermanan. No solo comparten el haber sido adolescentes y judías cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. También, el haber tenido que esconderse en el mismo país durante algunos años —una en Utrecht; la otra, en Amsterdam— para intentar sobrevivir al horror del exterminio nazi. Solo una de ellas vivió para contarlo.

Fuente: http://www.cciu.org.uy/

Una historia como la de Ana Frank, pero con final feliz