Charlotte y Ruperto se conocían desde hacía veinte años. Ella, directora de la Universidad ORT de Uruguay; él, político, miembro del Tribunal de Cuentas del país y escritor. Un día, ella le invitó a cenar en su casa en Montevideo con otros profesores universitarios. Él llegó antes que el resto. Mientras estaban en la cocina acabando de preparar las viandas, Ruperto le preguntó: -¿Tú qué hiciste en la Segunda Guerra Mundial? Charlotte se quedó paralizada. Al cabo de unos instantes comenzó a contar. Rompió setenta años de silencio. Era una de esas historias en que la realidad supera lo imaginable. Así que Long decidió que el mejor vehículo para narrar lo que le habían explicado era una novela. De esta forma nació La niña que miraba los trenes partir.
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